septiembre 18, 2009

Carta de un fin de semana


Madrid, 18 de septiembre de 2009


Ignacio, Ignacito, Nacho mío:


Me sorprendió mucho encontrarme ese cuadernito de cartas en las que más que amor lo que las envuelve es ese calor femenino, y a veces masculino del gran Julio. Emocionada empecé a leer cada párrafo que sin duda con el tiempo fue creciendo haciéndose más largo, más fluido, más chismoso. Las últimas fueron dolorosas, saber de su pronta muerte y de repente la que se había ido era ella que lo dejaba "tan solo y tan deshabitado" y con un libro empezado sobre su último viaje que tendría que terminar solo (deberías leerlo es precioso).

Pero no es de eso que te quería hablar. Traigo el libro a esta hoja mal escrita para contarte que yo como ellos he estado viajando no tan cómodamente ni por tanto tiempo - aunque lo he sentido igual de largo - por lugares increíbles. Primero fue Andalucía y su playita en Estepona donde vi al otro grande, ese posudo que me mata. Luego Granada y la belleza de las placitas, las construcciones y eso que creo has visto en fotos. Más tarde visité los rincones de París, creo que algo te han contado por ahí y sino estoy segura que vos mismo has esculcado algún lugar del ciberespacio para encontrar una referencia de lo que he hecho. La curiosidad siempre ha sido tu debilidad. Sin embargo, en ninguno de esos lugares me he encontrado tan agusto como en Oporto, Portugal.

He tratado de entender qué es lo que tiene y por qué me gustó tanto y poco es lo que puedo decir. En parte siempre has sabido que me gusta mucho el sonido de las gaviotas porque me hace sentir en medio de una película triste donde el protagonista está sentado en laplaya pensando en que tal vez es mejor caminar mar adentro y nunca parar. Tal vez es más simple y su canto me indica que estoy cerca del infinito, de esa tela azul que se extiende a lo largo, a lo largo. Puede ser también que allí recordé algo de mi infancia, obviamente no es ningún referente arquitectónico (¿en qué se podría parecer Labores, Rionegro, La Ceja, Medellín a una ciudad vieja en todo, menos en el metro y los buses, una pequeña ribera que bordea el río, que llega al mar, que llega a la nada?). Recordé algo que me dijo una vez mi madre: aprendí hablar y a partir de ese momento todo lo leía, todo lo quería decir (vos sos más testigo de eso que nadie) y lo lindo fue que me di cuenta que no había cambiado para nada. Recordé mis mañanas frente a la caja de Zucaritas y la lectura obligada de los ingredientes, los porcentajes de grasa, nutrientes, el Zinc, las aventuras del trige Tony, todo, letra por letra así fuera insignificante. En París el primer día y el segundo fue igual: miraba a todos lados y con mi poco francés trataba de entender lo que decían los anuncios, las letricas chiquitas del tarro de la leche. En Oporto con mi nulo portugues fue igual.

Cuando hablabamos de las coincidencias y de las casualidades (nunca he podido entender la diferencia entre esas dos palabras) creo que dijimos que eran parte constitutiva del sentido de nuestra vida, que sin ellas, sin las relaciones, nos sentiríamos muy solos pues nada tendría que ver con nada y hacer que cualquier cosa cuadrara requeriría más tiempo del que disponemos. Pues bien, creo que fue una casualidad-coincidencia la que me hizo sentir como en casa. Llegamos al Hostal (Poets Hostal que no es lo mismo) y después de haber comprado un vino del cuál conservé el corcho (es tan lindo, tiene marcas como de olas y dice Douro dos veces como para que no se me olvide) nos sentamos en la terracita. Con el frío que hacía. estaba helada, ya te podés imaginar. Abrimos el vino, brindamos por estar ahí y al primer mordisco del sanduche, que la noche anterior habíamos preparado aquí en la casa de Madrid, tuve esa sensación que es parecida a un déjà vu que te recuerda un momento preciso, un lugar y una persona concreta, como los olores. No sé si fue la pimienta, el pan, el jamón, el queso o el tomate, pero sentí que estaba en mi casa, con el sabor de las cosas que todos los días cocino y fue tan lindo, tan significativo.

Me voy a quedar cortica como siempre. Debería seguir tu ejemplo y ponerme a escribir postales a ver si con el espacio reducido aprendo a escribir cortico. Además de comer rico en un restaurante al lado del mar (Camarones al ajillo, a los pobres se les veía la cabecita ahí...), de caminar por calles empinadísimas, de ver a la gente anciana porque poquitos jóvenes hay en Oporto, de sorprenderme al ver una bandera gigante de Colombia en las calles que bordean al Duero y descubrir que en una edificio viejo y acabado queda el Consulado de Colombia donde desearía trabajar, después de tomarme un Favaíto (es un aperitivo que se parece al vino dulce que hace famoso a Oporto) a altas horas de la noche y con una temperatura dolorosa para los tornillos de mi rodilla, después de todo eso hay algo más que me indicó que ese lugar era especial.

Buscando un bus para ir a la Praia dos Ingleses subimos cuesta arriba por una calle llena de escaleras. Siguiendo las indicaciones del mapa que tan bien sabe leer Gabriel, nos cruzamos casi en todas las calles a unos gatos preciosos: el primero tímido tomando el sol al lado de la puerta de su casa posó un rato para mí que sabes que no me puedo resistir ante tanta ternura y quería muchas fotos, luego uno juguetón que estaba estirado en el borde de una ventana y que con sus uñas afiladas me dejó una marquita de sangre en mis dedos. Más tarde, una belleza gris con rayas grises más oscuras me enloqueció con cada pose, cuál más apropiada para querer recogerlo y llevármelo a mi casa. No pude obviamente.

Todo lo que he escrito antes de este párrafo es sólo una excusa para decirte que creo que te vi. No sé si andés por Oporto porque la última vez ni siquiera me pude despedir de vos. Cuando llegué a una placita vi un gato negro con blanco. Sus ojos amarillos fijos en mi cámara me recordaron los tuyos. Creí que eras tú y me acerqué. Me miráste como siempre me habías mirado y después del ladrido de un perro te metiste debajo de los carros. ¿Estabas ahí mi Nachito?

Los otros detalles de ese puerto se me pierden un poco, quizás porque así lo quiero. Es que con las ganas que tengo de volver quisiera no recordar nada para llegar allá otra vez como la primera vez. Tomar el metro que se detiene en las estaciones al aire libre, sin controles, sin vigilancia. Todo es tan tranquilo allá. Beberme una botella de vino y bajar adoquín por adoquín alargando el encuentro con el Duero. Guiarme por la luz del Faro que nunca vi para llegar ahí donde río y mar se convierte en el océano del que tantos han escrito tanto.

No sé qué dirección poner para que te llegue esta carta. No sé si algún día la leerás, aquí en Madrid como en todos los lugares, siempre recuerdo lo feliz que era cuando de noche llegabas a mi cama.

Como decía Pacho un amigo que tampoco conociste: nos veremos en otra vida cuando seamos gatos.


Tuya siempre,

Sara

3 comentarios:

Pablo García dijo...

Hay textos como este que me recuerdan que a pesar de nuestra proto-amistad, yo no tengo idea de quien sos vos y supongo que a vos te pasa lo mismo.

Cronopia Azul dijo...

Sí, a veces me pasa lo mismo. Pero es mejor así, el día que digamos que nos conocemos ya no nos sorprenderá nada del otro :)

O(ʜ)livia dijo...

wooowwww!!! una foto apra mí????
me lleeeeeeeena de emoción y de curiosidad!!!
y me halaga muchísimo que alguien al otro aldo del mundo piense en mí.
no paro de saltar de la emoción.
mandámela a esunhermosolio@gmail.com

yupiiii!!!!