noviembre 19, 2009

Guardianes de Salamanca

Hace un mes, parece más tiempo, vivo en una ciudad que me ha costado definir. Es que no tiene un atractivo tan instantáneo como Madrid, Barcelona o Porto aunque fue declarada Patrimonio de la Humanidad y muchos personajes importantes han vivido en ella. Para querer esta ciudad rodeada por el Tormes se necesita tiempo y un abrigo.

Se hace difícil decir cómo es porque en su pequeño tamaño tiene todo el paso del tiempo, desde sus construcciones antiguas en el Centro y el puente Romano, al que sólo he visto a través de la ventana del bus, hasta el gran Corte Inglés y el súper centro comercial El Tormes en las afueras, que si quiera quedan bien lejos de la vista del turista. Y es que aquí donde yo vivo no hay mucha gracia, unas callecitas delgadas manchadas con las líneas para los peatones y las flechas que indican la dirección correcta, los tanques grises para la basura orgánica, amarillo para los envases y el plástico, verde para el cartón y el papel, y azul para el vidrio. Son calles normales, con edificios que no superan los 6 pisos, con andenes, árboles que desde que llegué han ido cambiando de color hasta dejar raquíticas las ramas que ven desde arriba sus hojas en el piso.

De camino al centro si hay cosas interesantes: casi todas las paredes están rayadas y pintadas, o tienen un stencil bonito como uno que hay en mi ruta para la universidad que es una pistola que dispara corazones, pero lo que más me gusta es ver a esos hombres y mujeres de tres pies que con la lentitud que los caracteriza van paso a paso, los hombres con sus gorras que terminan en punta y las mujeres con un escaso tacón que les debe recordar su juventud ya pasada. Y se les ve tan bien, tan seguros de la mano del otro que los guía por los suelos pavimentados que cambian radicalmente a suelos de piedra cuando uno llega caminando por el Paseo Carmelitas a la Plaza de la Fuente.

Ahí empieza la ciudad que me gusta: antes del otoño cuatro grandes árboles encerraban una pequeña fuente que no tira agua por montones, sino que con la sutileza que caracteriza esta ciudad, deja salir cada dos segundos un chorrito de agua, casi nadie lo ve, es un lugar de paso nada más. Abajo se empiezan a ver los grandes monumentos de las catedrales, las paredes con letras que parecen sacadas de un libro de hace muchísimos años y que dan nombre a cada rincón especial de Salamanca. Si uno levanta la cabeza ve a lo lejos los faroles que guían a los estudiantes en sus noches de fiesta (que son todos los días) y que me llevan feliz hasta la Facultad de Geografía e Historia y a mi calle favorita Rabanal por donde apenas cabe un carro y donde las enredaderas han tapado casi todo el muro de una antigua casa.

No puedo dejar de hablar de la Plaza Mayor, que a diferencia de la de Madrid, es toda del mismo material y de noche es un encanto por las luces tenues que iluminan cada uno de sus pequeños balcones así como a los arcos y a la bandera de España y la de la provincia de Castilla y León. Este detalle es una de las cosas que más me gusta de este país: los lugares importantes, los edificios, los monumentos, la calle de las letras en Madrid, todo lo que tiene relevancia histórica es iluminado por luces bajas, entonces en un juego de luz y sombra, los contornos se definen y se crea ese ambiente misterioso del gran monumento al que mis ojos no paran de adorar porque todo es como en una historia vieja, de la Edad Media o como un cuarto de museo.

Aquí me detengo porque la razón por la cual hoy escribo se debe precisamente a las figuras que vigilan y protegen esta ciudad. Hay muchas clases y eso es lo interesante. La mayoría son figuras católicas, la virgen en varias presentaciones, Jesús clavado ahí en su pobre cruz, uno que otro sacerdote inclinado hacia adelante y con un crucifijo entre las manos, unas gárgolas miedosas que ahuyentan a cualquiera, una rana escondida que es el símbolo de la ciudad y la razón por la que algunos pierden el semestre pues quien no la vea, está condenado a un mal semestre; y lo más lindo, unas conchitas como de juego de maquinitas que son la bienvenida a la Biblioteca Pública, y que seguro guardan tesoros como los libros redondos, de los que algún día hablaré.

A pesar de que Salamanca es la CIUDAD UNIVERSITARIA POR EXCELENCIA, pues su Universidad es la más antigua de España y de Europa, no me gusta recordarla por eso. Sí, es una verdadera Torre de Babel porque en una esquina hablan tres francesas, un belga, las chinas, el de japones y los suizos y los alemanes y los colombianos que parecemos italianos (nada más absurdo pero bueno) y las clases son geniales porque mientras los españoles reniegan por ser minoría en el salón, los extranjeros describen lo más que pueden una situación para poder hacerse entender. La riqueza del español permite hacerlos divagar por sensaciones de hace un tiempo que les traen imágenes de cosas que quisieron y que ahora sentados frente a un profesor de geopolítica se les viene a la mente, cuando todo lo anterior se pudo haber resumido en un: profesor tengo un recuerdo. Eso es lindo, ver como explotan el lenguaje para explicar algo que nosotros que hablamos español decimos en una sola palabra.

Decía que no me gusta la Salamanca universitaria sobre todo porque creo que se le quita el encanto de Patrimonio de la Humanidad si se piensa en salir todos los días a la una de la mañana para regresar a casa, si es que regresan, a las ocho o diez y tener clase a las dos. Pero algo tengo que reconocerles, se ven preciosos disfrazados todas las noches, con la alegría que ocultan cuando están en clase, cantando en cualquier idioma y tratando de conjugar los verbos en la segunda persona del plural que se pierde en eses.

En definitiva los guardianes son muchos, los de piedra allá en lo alto de las grandes construcciones antiguas iluminados por un farol o por una lucecita que no se sabe de dónde sale, los estudiantes con crestas de colores, jarras de licor y dulces cantos en varios idiomas y los viejitos de tres pies que con sus ropas marrones, grises y a veces verde oliva, muestran el paso del tiempo de una ciudad antigua, de un lugar de grandes descubrimientos y grandes personajes que hoy en esta habitación llena de fotos me hace sentir nostálgica porque ya se acerca el día en que me tendré que ir, cuesta abajo, en un bus y luego en un avión para mi Colombia.

Sé que el paso del tiempo me hará volver otra vez aquí, al frío y al viento, al claustro que me enseñó otro mundo, un mundo que hoy no puedo explicar.

6 comentarios:

Fortou dijo...

No entiendo. No puedo entender.

O(ʜ)livia dijo...

hermoso... me encantaría ver todo loq ue ves, probar todo eso... sentirlo.
siemrpe que paso pro acá me leno de cosas que nunca viví y quizás no viva, de mucha incomprensión, pero de imágenes hermosas...
me encanta.

Laurita dijo...

Uhhhhh
Como si yo fuera la que está ahí. Ojalá las palabras pudieran abarcarlo todo así como lo hiciste. Muy bonito Sari, a mí también me gustó, y me gustó el hecho de no saber en realidad hacia donde ibas...

:)

desde el fin del mundo dijo...

Hermoso conocer a través de tus ojos.
Escribes cada día mejor, describes de tal forma, que parece que uno estuviera allí.

Con el cariño de siempre.

Anónimo dijo...

Lamento no ser uno de esos guardianes que tanto te impresionaron. Soy tan sólo uno más de los que confundieron tu acento y te creyeron de Milán y no de Medellín. Soy sólo uno más de los que embaucaste con tu sonrisa y tu forma de ser. Disfruta de cada momento en esta ciudad que jamás vi descrita como tú lo has hecho.

Juanjo, tu compañero de Geopolítica.

Cronopia Azul dijo...

Fortou: ¿cómo que no entendés? sí, es muy distinto y que tales, pero sí se entiende!!!

O!: si quiera te gusta y me alegra que pases y te llenes de cositas...Puede que no las vivás pero tampoco es condición necesaria para ser feliz o algo así, vos vivís en una ciudad preciosa, otro de mis sueños!

Ipanemis: yo creo que faltó mucho. Así las palabras expliquen lo que nunca entenderemos (OHHHHHHHHHHHHH) nunca se compara con lo que uno siente cuando esos guardianes te miran, te señalan, te acusan... es muy impresionante de verdad.

Ali: qué bueno que dejaste un comentario, siempre es bueno saber que estás viva...

Juanjo: heyyy qué palabras tan bonitas :) y para que veas que sí me impresionaste. Siempre seré la italocolombiana! y fuiste al primer español de la universidad que le hablé porque el día que nos conocimos era mi primer día en Salamanca :)