octubre 05, 2011

Después hay que llegar

Volví. Pero esta vez va ser diferente. Me cansé un poco de mi intento por escribir literatura, poesía o la categoría que se le pueda dar a mi blog. El punto es que han venido pasando cosas que me han hecho reflexionar sobre lo que quiero en mi blog entonces decidí empezar de nuevo. Aquí va...

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Después hay que llegar


Si bien es cierto que tengo una obsesión con Cortázar, no es gratuita y simplemente voluntaria. Unos podrán alegar que se debe a ese jueguito infantil de creer que cuando uno conoce algo, lo empieza a ver en todas partes o peor aún que cuando uno está despechado, todas las canciones le salen. Esa mística alrededor de las situaciones nunca me han gustado, pero sí creo en las coincidencias y casualidades.

Es por eso que siempre que me pasa algo relacionado con Cortázar siento que existe alguna conexión extraña en mi vida que me acerca a lo que fue su vida. El caso es que estaba en la casa de alguien, que muy amablemente me invitó a quedarme, y a la hora de dormir medijo: Sari, aquí está tu cuarto. Era una piecita pequeña, con luces de esas que son un hueco en el techo y que se pueden graduar para que no iluminen tanto; y además de la cama y de un pequeño escritorio, lo único que había era libros, una foto de Marx, una calaveras mexicanas tocando guitarra y una foto de Cortázar, la típica cargando a Teodoro W. Adorno.

Pero la cosa no se quedó ahí. Descubrí que el cuarto en el que iba a dormir era el cuarto del hijo de mi anfitriona, un hombre aficionado a la lectura de literatura en todos los idiomas posibles (había diccionarios de por lo menos 3 lenguas diferentes), a la música y a la escritura. Tenía todos los libros de Cortázar TODOS (cosa que yo no he podido conseguir todavía) y muchas fotos de él regadas por las estanterías, pegadas en la pared al lado de pequeños fragmentos de los libros.

Luego vi una serie de boletas de conciertos: coincidimos en Iron Maiden en 2008 y lo que pensé es que de alguna forma habíamos vivido las mismas cosas, incluso compartíamos una misma obsesión. Pero después ya no fue tan así: el hombrecito este vive en otro país, tiene un grupo de música y además escribe que da miedo: tenía por lo menos 10 agendas llenas de palabras y dibujos.

Antes de acostarme fui al baño y allá también tenía libros: todos de literatura fantástica, en inglés claro: estaba Tolkien, Lewis y otros que ni siquiera yo sabía que existían. En el piso tenía una torrecita amarilla que reconocí enseguida: Tintin ¿qué más podía unirnos? ¿qué me podía unir a ese hombre que no me conoce y que no conozco pero que ha dormido en la misma cama que yo y con las mismas cobijas?

Bueno pues además de que yo conozco a su madre, nos une un lugar: Salamanca. O más bien, una postal de Salamanca. Y es que todos los que van a esa ciudad española (casi escribo pueblo) visitan una placa que dice: "Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado" Cuando yo la vi la primera vez, pensé que era algo así como una llave para entrar a la fraternidad inexistente, no es así, es sólo una placa que además es reproducida en postales que nos llevamos o nos regalan a los que alguna vez disfrutamos "de la apacibilidad de su vivienda". Sin embargo sentada sobre la cama mirando a la estantería y viendo la postal volví a pensar en lo de la fraternidad. Sólo los que hemos vivido allá, así haya sido un ratico como yo, sabemos que lo que dice esa frase encorbatada significa mucho más que una simple frase bonita. Y si la guardamos, si la ponemos en el corcho como yo, es porque sabemos que siempre vamos a querer volver, es una llave y Matias (así se llama el cronopio que me prestó su cama sin saberlo) también la tiene.

Eso fue lo más emocionante de un viaje de trabajo. Él tiene todo lo de Cortázar, yo en cambio tengo un blog en crisis.

4 comentarios:

Laurita dijo...

Ayyyy qué cosa tan maravillosa. Lo paradójico de esto es que empieces con una crisis de cansarte un poco de escribir literatura, pero si esta historia lindísima no es literatura, entonces no sé qué es.
Morí de amor con "así se llama el cronopio que me prestó su cama sin saberlo"
Estaría muy feliz de que una extraña lo llame así,
Feliz de leer(te) otra vez Cronopita linda

Juan José Nieto dijo...

Me alegra saber que Salamanca permanece en tu memoria y que esa frase de Cervantes te sigue haciendo evocar sus medievales calles y sus renacentistas palacios. Tal vez podamos recorrerla de nuevo algún día.

Cronopia Azul dijo...

Lauri: Voy a ver si sigo escribiendo este tipo de literatura. Tú eres la que sabe al respecto.

Juan Jo: Salamanca siempre estará en mi memoria y vos acompañás esos recuerdos. Espero que ese "algún día" sea el otro año :)

Germán dijo...

Pasaron un montón de días desde octubre de 2011. Pero yo llego ahora, haciendo carambola, curiosísimo, desde el blog de Orsai.
También adoro, literalmente, a Julio. Y tengo sus libros, y me dejo influir por él en mis cuentos. Y hace poco, me dejé unas lágrimas sobre su mármol en París.
Cuando quieras te pasas por donde escribo, estás invitada, cronopia.